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martes, 28 de octubre de 2008

La nueva incursión de Fox

Federico Berrueto

Las palabras del ex presidente Fox en Monterrey corroboran lo que todo mundo sabe de él: nunca tuvo la menor idea de la investidura presidencial. Ocurrió así desde su toma de posesión y así ha proseguido. Frente a un país en serios apuros en el frente económico y por la inseguridad pública, lo mejor que se le pudo ocurrir fue denostar y aconsejar a sus correligionarios el fraude a la nueva legislación electoral frente a los comicios próximos. El demócrata devino en simple tramposo electoral.

También es ilustrativa la respuesta a Ugalde, ex presidente del IFE, por el señalamiento de su indebida intervención en el proceso electoral de 2006. Su refugio fue la doble moral: en su caso sí es permisible cargar los dados, abandonar su condición de Presidente para hacerla de oficioso coordinador de campaña de su partido y candidato. Los señalamientos que él mismo hiciera en otro momento al PRI, se le vuelven en contra, sin otra respuesta que en su tiempo las cosas eran distintas.

Fox llegó a la Presidencia en las mejores condiciones conocidas. La economía estable y en crecimiento, el país en tranquilidad y unido, así como una indiscutible legitimidad del mandato presidencial con el reconocimiento de sus adversarios y del régimen mismo. La mesa servida para el cambio al que se comprometió; la oposición priista a la defensiva e inmovilizada por el peso del Pemexgate, dinero que no llegó al partido, sino que se quedó en la cúpula de la campaña, como lo puede constatar José Guadarrama, el ahora senador perredista y en ese entonces, operador electoral del también ahora senador, Francisco Labastida.

Fox dio lugar al gobierno más corrupto que se conozca. Su herencia no sólo mantiene hundido al país, sino que envileció el proceso democrático, minó como nadie al Estado y generó heridas que llevará mucho tiempo sanar.

López Obrador como ex candidato ha hecho mucho para facilitar la convicción de que Fox, con su intervencionismo y parcialidad, fue una suerte de salvador de la patria. Conceder en ese argumento significa aceptar el fraude patriótico del PRI al PAN en las elecciones de los ochenta. El gobierno no debe interferir en el proceso electoral, así lo señalan las leyes, aunque para el caso no existieran sanciones qué imponer al infractor. También es de elemental ética política, como bien lo entenderían Gómez Morín o Castillo Peraza. La imparcialidad de las autoridades ha sido una de las exigencias fundamentales de la lucha cívica y democrática, principio extraviado en los corredores del poder panista en el gobierno.

Fox no interfirió en la elección sólo por razones partidarias o ideológicas; fue el temor que la derrota develara la corrupción de su gobierno y círculo cercano. La conducta de Fox en la elección fue una brega de impunidad; de allí la desesperación y rudeza, evidente desde el malogrado desafuero de AMLO. Fue un error de éste haber anticipado una lucha y hacerlo de torpe manera. La elección la decidió la ilegalidad de aquél y la inexplicable confianza de éste.

El presidente Calderón es beneficiario y víctima de Vicente Fox. Desde la misma elección su gobierno ha estado en las cuerdas; el ganador ha sido quien perdió por voluntad popular: el PRI más tramposo y corrupto, el de los sucesores y asociados de Madrazo; en eso sí tiene razón Fox, aunque no corresponde a él decirlo. Queda claro que Calderón ha cometido errores por sí mismo, como ha sido el encumbrar a Mouriño y rodearse de incompetentes.

Calderón y López Obrador siguen en disputa, más explicable en el opositor que en el Presidente. Ellos y sus partidos se acaban, al tiempo que el PRI, sin haber emprendido mayor esfuerzo, sin dejar de ser lo que siempre ha sido y que lo llevó a la derrota, con paso seguro se perfila a la victoria.

Ahora, un sector del PRD también da margen al gobierno en la reforma petrolera, un movimiento de Calderón de altos réditos políticos y magros económicos. El Presidente reconoce a los senadores del FAP el sentido de su voto, aunque haya sido a costa de su propia propuesta y de la de Manlio. Ebrard advierte que es un suicidio apoyar a AMLO, igual que no hacerlo. Inicia el anunciado distanciamiento.

Fox poco tiene que presumir de estratega electoral; la hazaña del 2000, aunque fue el protagonista, el talento y la inteligencia estuvieron en otra parte. En 2003, con base en los estudios de los ahora encuestadores de cabecera de Calderón, el Presidente presumía que ganaría la mayoría absoluta en la Cámara; el desastre fue casi total. Ahora, para 2009, Fox aconseja lo que hizo en 2006: aprovechar los resquicios en la ley para violentar la democracia.